CASTILLO DE BORTHWICK:

North Middleton, Gorebridge, Escocia, Reino Unido.

Orígenes y Realeza

castillo borthwickEl valle de North Middleton, en las Tierras Bajas de Escocia, es un lugar de colinas suaves y pastos verdes, donde el viento apenas molesta y el silencio se acumula como el musgo en las piedras.
En medio de este paisaje apacible, se alza una fortaleza que parece desafiar la paz de su entorno. Es el Castillo de Borthwick. Un edificio imponente, de torres gemelas que se elevan hacia el cielo.
Construido en 1430 por Sir William Borthwick, miembro del Parlamento y la Cámara de los Pares de Escocia, este castillo ha sido testigo de reinas fugitivas, asedios implacables, y crímenes tan atroces que sus paredes aún parecen sangrar.

Hoy, Borthwick es un hotel de once habitaciones, un lugar popular para la celebración de bodas. Las parejas llegan con sus vestidos blancos y sus trajes impecables, intercambian anillos bajo las torres medievales, y se van con la promesa de un amor eterno. Pero los que se quedan, los que pernoctan en sus habitaciones, a veces descubren que el amor eterno no es el único huésped del castillo.

La Reina Fugitiva

La historia de Borthwick está íntimamente ligada a una de las figuras más trágicas de Escocia: María Estuardo, reina de los escoceses. En dos ocasiones visitó el castillo. La primera, en 1563, fue una visita protocolaria, una muestra de poder. La segunda, en 1567, fue muy diferente.

María había contraído matrimonio con James Hepburn, conde de Bothwell, el hombre que muchos creían responsable del asesinato de su anterior esposo, Lord Darnley. La nobleza escocesa, indignada, se levantó contra ella. El castillo de Borthwick fue asediado por sus enemigos. Las tropas leales a los lores confederados rodearon la fortaleza, dispuestos a capturar a la reina.

Pero María, astuta y decidida, no estaba dispuesta a rendirse. Se disfrazó con un vestido de servicio, de paje, se mezcló entre los criados, y logró salir del castillo sin ser reconocida. Sin embargo, su libertad duró poco. Fue arrestada poco después y llevada al castillo de Lochleven, donde fue mantenida en cautiverio. Más tarde, abdicaría y huiría a Inglaterra, donde su prima Isabel I la mantendría prisionera durante diecinueve años, antes de ordenar su ejecución.

En 1650, el Castillo fue sitiado por el ejército de Oliver Cromwell y se rindió rápidamente, después de los primeros disparos de cañón. Habiendo llegado a un acuerdo con Cromwell, el dueño del castillo, con su esposa y su hijo, abandonaron el lugar. Posteriormente el castillo quedó abandonado por varias décadas.

En 1813, incluso creció un árbol en el gran salón, destruyendo la chimenea principal. La familia de Borthwick volvió al castillo y repararon el gran salón, así como la chimenea, en el año 1903. En 1973, el castillo fue alquilado y se transformó en un acogedor hotel que sigue funcionando a día de hoy.

 El Salto del Prisionero

Pero la historia de Borthwick no es solo de reinas. También es de prisioneros y de muertes imposibles.

En el castillo existía una tradición macabra conocida como el "Salto del Prisionero". Los presos en Borthwick, se decía, serían liberados si podían saltar del techo de una torre a la otra. Con las manos atadas a la espalda. Sin red de seguridad. Sin ninguna posibilidad de supervivencia.

Aparentemente, nadie logró este objetivo imposible. En su lugar, los prisioneros caían al vacío, unos noventa pies de altura (27 metros), y se estrellaban contra el suelo. Sus cuerpos destrozados eran un recordatorio para los demás: en Borthwick, la libertad solo se alcanzaba a través de la muerte.

Los huéspedes del hotel, cuando pasean por los jardines, a veces miran hacia arriba y ven las dos torres. Se imaginan el salto. Se imaginan la caída. 

La Habitación Roja y la Tragedia de Anna Grant

Pero hay una estancia en Borthwick que concentra toda la oscuridad del castillo. Se llama la Habitación Roja. No roja por el color de sus paredes, sino por la sangre que empapó su suelo.

Los visitantes que han pernoctado en esa habitación coinciden al contar la misma escalofriante visión. Aparece una y otra vez, como una película que se repite en bucle.

Una joven embarazada, con un traje medieval, es retenida por dos mujeres de aspecto siniestro. La agarran con fuerza, le inmovilizan los brazos, mientras un hombre se acerca con una espada. Y entonces, la hoja se hunde en el abdomen de la joven. La abre en canal. La deja allí, agonizando en su propia sangre.

La visión es tan vívida, tan aterradora, que muchos huéspedes han abandonado la habitación en mitad de la noche, prefiriendo dormir en el coche antes que quedarse un minuto más entre esas paredes.

Pero lo peor no es la visión. Lo peor es que la historia es real.

La joven se llamaba Anna Grant. Era una sirvienta del castillo, una muchacha humilde que trabajaba en las cocinas o en los aposentos. Y se enamoró, o fue seducida, por un joven lord del castillo. Quedó embarazada. En aquella época, un escándalo de esa magnitud no podía tolerarse. La moral de la nobleza, la pureza de la sangre, la reputación de la familia, todo estaba en juego.

El lord, en lugar de reconocer a su hijo o de buscar una solución, decidió acabar con el problema de raíz. Poco antes de que el niño naciera, ordenó que mataran a Anna. Y no una muerte rápida, no un envenenamiento o un estrangulamiento. La mandó abrir en canal. Como si fuera un animal. Como si su vida no valiera nada.

Anna Grant murió en esa habitación. Su sangre empapó las piedras. Y aunque han pasado siglos, aunque los suelos han sido lavados una y otra vez, los huéspedes siguen viéndola. Reviviendo sus últimos segundos de vida. Agonizando entre su propia sangre. Llamando a un hijo que nunca nacería.

Pero Anna Grant no es el único espíritu que vaga por Borthwick.


El Tesorero Quemado

Otra leyenda habla del tesorero de la familia Borthwick. Un hombre que ocupaba una de las estancias del castillo, y que en los muros de piedra tenía agujeros que hacían las veces de cajas fuertes. Allí guardaba los tesoros familiares, las joyas, los documentos importantes.

Pero la familia Borthwick decidió deshacerse de él. Las razones no están claras. Quizá robaba. Quizá sabía demasiado. Quizá solo estorbaba. Una noche, cuando el tesorero regresaba de Edimburgo, le interceptaron. Y le quemaron vivo.

Su cuerpo carbonizado, sus gritos de dolor, su muerte agonizante, quedaron grabados en las piedras del castillo. Y desde entonces, su fantasma vaga por las escaleras de piedra. Se le ha visto subiendo y bajando, con su ropa chamuscada, con su piel ardiendo, con sus ojos llenos de un terror que aún no se ha apagado.

Los huéspedes más valientes, cuando están en el Gran Salón, sienten a menudo la presencia invisible de alguien. No lo ven, pero lo sienten. Un escalofrío. Un peso en el aire. La certeza de que no están solos.
Dicen sentir una abrupta bajada de temperatura e incluso se han llegado a escuchar lamentos, golpes y arañazos procedentes de una habitación que lleva años vacía.

Los fenómenos en Borthwick son tan intensos, tan perturbadores, que los anfitriones del castillo se vieron forzados a tomar medidas. Invitaron específicamente a un sacerdote de Edimburgo para expulsar a esos "espíritus malignos" que atormentaban a los huéspedes.

El sacerdote llegó, recorrió las habitaciones, roció agua bendita, rezó oraciones de exorcismo. Pero los fantasmas pueden que no se fueran. Quizá porque los crímenes cometidos en Borthwick son demasiado graves para que unas simples oraciones los borren. Quizá porque siguen esperando justicia.

Hoy, el Castillo de Borthwick es un acogedor hotel. Las parejas celebran sus bodas bajo sus torres. Los turistas se alojan en sus once habitaciones, cenan en su restaurante, pasean por sus jardines. La mayoría no sabe nada de Anna, ni del tesorero quemado, ni del salto del prisionero.

Pero algunos, los que se atreven a preguntar, los que muestran interés por la historia, los empleados les cuentan y les recomiendan una cosa: no duerman en la Habitación Roja. Por nada del mundo.
Porque si lo hacen, si cruzan el umbral de esa estancia, quizá vean lo que tantos han visto. Una joven embarazada. Un hombre con una espada. Y la sangre. Mucha sangre.

Su espíritu sigue atrapado en esa habitación, reviviendo una y otra vez el momento en que su vida fue arrancada. Y seguirá así, quizá para siempre. O al menos, hasta que alguien haga justicia. Hasta que alguien la vengue. Pero los culpables ya llevan siglos muertos. 

Si alguna vez te alojas en Borthwick, si la casualidad te lleva a la Habitación Roja, no digas que no te avisaron. Lleva una luz, mantén los ojos abiertos, y si ves a una mujer embarazada con un vestido medieval, no te acerques. Solo respira hondo, sal de la habitación, y reza por que la noche termine pronto. Y por que, al amanecer, ella no te haya seguido.