CASTILLO DE COMLONGON:
Clarencefield, Dumfries, Escocia, Reino Unido.
La frontera entre Escocia e Inglaterra es una línea invisible, pero se siente. El aire cambia, las colinas se suavizan, y los castillos se vuelven más frecuentes, como si la tierra misma quisiera recordar a los viajeros que aquel es un territorio disputado durante siglos.
A solo quince minutos de esa frontera, en Clarencefield, Dumfries, se alza una fortaleza que ha visto más de quinientos años de historia. Es el Castillo de Comlongon.
Una mole de piedra que fue construida en el siglo XV por Cuthbert de Cockpool, para reemplazar el antiguo castillo de Cockpool de los Murray.
Perteneció a esta poderosa familia hasta 1984, cuando se convirtió en un hotel de lujo. Hoy, es un lugar de bodas, de banquetes y celebraciones, de parejas que intercambian anillos bajo sus torres medievales. Pero debajo de esa alegría superficial, debajo del brillo de los vestidos de novia y del tintineo de las copas, algo oscuro acecha. Algo que los recién casados no ven, pero los empleados del hotel conocen bien. Es la Dama Verde. Y su historia es una de las más trágicas que guarda Escocia.
Para llegar a Comlongon hay que recorrer las carreteras secundarias de Dumfries, entre campos de ovejas y muros de piedra seca. El castillo se alza imponente, con su torreón cuadrado desafiando el paso del tiempo. Sus muros han resistido guerras, asedios, cambios de dinastía. Pero hay algo que no han podido resistir: la culpa. Y la memoria de una joven que cayó desde lo más alto.
La Heredera Indomable
Marion Carruthers de Mousvald era la legítima heredera de todas las posesiones de su padre. No solo era joven y hermosa, sino que su herencia la convertía en una de las damas más apetecibles de la región. Los pretendientes acudían de todas partes, ansiosos por casarse con ella y hacerse con sus tierras. Pero Marion no estaba dispuesta a vender su amor. Quería casarse por amor, no por conveniencia.
Entre todos los pretendientes, solo uno fue elegido. O más bien, solo uno fue impuesto. John MacMath, sobrino de Sir James Douglas, que por aquel entonces era el protector y procurador de la joven dama. Marion se negó. No amaba a John, no quería casarse con él. Pero Douglas, que veía en la unión una forma de quedarse con parte de la herencia, no estaba dispuesto a aceptar un no por respuesta.
Durante años, la joven luchó. Hubo pleitos, disputas, recursos legales. Pero Douglas era poderoso, y Marion estaba sola. Al final, fue encerrada en una de las habitaciones más altas de la torre. Una prisión de piedra, desde cuya ventana solo se veía el cielo y el suelo, muy abajo.
La Caída
¿Qué ocurrió? Hay dos versiones. La oficial, la que los Douglas difundieron, es que Marion, harta de la situación, se había suicidado. Se habría lanzado desde su ventana voluntariamente, prefiriendo la muerte a un matrimonio no deseado.
Pero los vecinos, los que conocían la historia, los que sabían cómo funcionaba la justicia de los poderosos, sostenían otra versión. Marion no se había tirado. La habían arrojado. Los Douglas, hartos de su negativa, de sus pleitos, de su resistencia, la habían empujado desde la ventana. Así, muerta, la herencia pasaría a sus familiares. Así, los Douglas conseguirían finalmente su objetivo: quedarse con la mitad de las tierras de la familia Carruthers.
La verdad, como casi siempre, se perdió entre los muros del castillo. Pero hay algo que no se perdió: el cuerpo de Marion. Debido a que el suicidio no era bien visto en aquella época, a Marion no se le dio cristiana sepultura. No la enterraron en tierra consagrada. No rezaron por su alma. Su cuerpo fue depositado en algún lugar, quizá en una fosa sin nombre, quizá en los alrededores del castillo. Y su espíritu, condenado a vagar sin descanso.
Los lugareños cuentan una cosa escalofriante. En el lugar exacto donde cayó el cuerpo de Marion, allí donde su sangre empapó la tierra, no ha vuelto a crecer la hierba. Década tras década, siglo tras siglo, ese pequeño parche de tierra ha permanecido estéril. Como si el suelo recordara. Como si la muerte de Marion hubiera envenenado la tierra para siempre.
La Dama Verde
Desde entonces, Marion se sigue apareciendo. Los testigos la han visto en numerosas ocasiones. Es una doncella con un hermoso vestido verde. Por eso la llaman la Green Lady, la Dama Verde. Recorre los pasillos del castillo, sube y baja las escaleras, se asoma a las ventanas. Pero no camina con paso firme, ni con la cabeza alta. Camina llorando. Sollozando. Su rostro, pálido, surcado por lágrimas invisibles.
No solo aparece dentro del castillo. También se la ha visto en los terrenos aledaños, especialmente cerca del lugar donde cayó.
Algunos visitantes, han asegurado sentir una presencia invisible que les empujaba.
Hoy, Comlongon es un hotel de lujo. Parejas de toda Escocia e Inglaterra acuden a sus salones para casarse. Celebran banquetes, bailan, ríen. La mayoría no sabe nada de Marion. Pero algunos, los que investigan, los que preguntan, descubren la historia. Y entonces, durante la cena, mientras brindan por su amor eterno, no pueden evitar mirar hacia las ventanas altas de la torre. Y preguntarse si ella los está mirando.
Si alguna vez visitas Comlongon, si te alojas en una de sus habitaciones, si paseas por sus jardines al atardecer, no te sorprendas si sientes un escalofrío. No te asustes si ves una figura verde al final del pasillo. No hagas caso si escuchas sollozos cuando el viento calla.
Es solo Marion. Recordando. Llorando. Esperando que alguien, algún día, le devuelva lo que le fue arrebatado. Un amor verdadero. Una sepultura cristiana. Un descanso que nunca llegó.
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