CASA FUSET (CASA FRANCO):

Monte El Moquinal, la laguna, Tenerife.

casa fuset
El corazón del macizo de Anaga, en Tenerife, no es un lugar para almas sensibles. La niebla se aferra a los pinos como un sudario, el musgo cubre las piedras como carne enferma, y el silencio, cuando llega, pesa más que cualquier grito. En este laberinto de barrancos y laurisilva, se alza un esqueleto de piedra conocido por tantos nombres como maldiciones.
Es la Casa Fuset. Algunos la llaman, con un escalofrío en la voz, la Casa del Pánico. Otros susurran "Casa de Franco", por el fantasma de una visita nunca confirmada. Y muchos, con los pelos de punta, la nombran la Casa de los Disparos.

Se yergue en el Monte El Moquinal, en La Laguna, abandonada y ruinosa desde los años 80, pero nunca realmente vacía. Porque hay lugares donde la muerte no es un final, sino un eco que se repite una y otra vez. Y éste, amigos, es uno de ellos.

Los Cimientos de una Historia Oscura

La tierra donde se asienta la mansión pertenecía desde el siglo XVIII a la familia de Elena González de Mesa. Ella se casaría en 1914 con el conocido político, periodista y literato canario Benito Pérez Armas. Tras la muerte de Pérez Armas, el lugar pasó a manos de Lorenzo Martínez Fuset, un andaluz afincado en Santa Cruz de Tenerife que, en 1927, se casó con la hija del difunto literato. Fue él quien mandó construir esta gran vivienda en los años 40.

Pero la sombra que proyecta la casa no es solo arquitectónica. A pesar de que el dictador Francisco Franco nunca se hospedó allí —la leyenda es falsa, el edificio se construyó después de su estancia en la isla—, Fuset sí entabló amistad con la familia del dictador. Tanta fue su confianza, que se le encomendó la custodia y protección de la esposa de Franco, Carmen Polo, y de su hija durante los días en que el Caudillo iniciaba la sublevación en la Península. La casa, por tanto, se tiñó de los ecos de una época brutal desde sus inicios. No hizo falta que Franco durmiera en ella; su sombra ya era alargada.

El Refugio del Monstruo: Dámaso "El Brujo"

Pero el verdadero terror que se adhirió a los muros de la Casa Fuset como una segunda piel llegó décadas después, en 1991. Llegó en forma de hombre. Un hombre llamado Dámaso Rodríguez Martín, más conocido como "El Brujo".

La historia de Dámaso es un descenso a los infiernos de la mano de la maldad. Nacido en una familia humilde que intentó darle una buena educación, pronto comenzó su carrera delictiva.
A los 17 años fue detenido por robo. Tras un breve paso por la Legión, su violencia eclosionó sin remisión el 11 de noviembre de 1981. Dámaso, que disfrutaba espiando a parejas, irrumpió en el coche de un hombre de treinta años y su novia de veinte. Asesinó al hombre. Luego, con el cadáver aún dentro del vehículo, agredió sexualmente a la joven y la golpeó. Los abandonó allí, como a animales.

Dámaso Rodríguez Martín

Fue condenado a 55 años de prisión, pero el 17 de enero de 1991, aprovechando un permiso, inició una fuga que lo convirtió en un espectro de los montes. Su primer objetivo era su propia esposa, de la que se había distanciado, pero no pudo asesinarla al encontrarla acompañada. Entonces se refugió en la montaña. Y en las inmediaciones de la Casa Fuset encontró su madriguera.

El rastro de su huida se cubrió de sangre. El 23 de enero, el cadáver del anciano alemán Karl Flick, de 82 años, apareció acribillado en un camino forestal. Al día siguiente, la Guardia Civil encontró el cuerpo de su esposa, Marta Küpper, de 87 años. Había sido violada y estrangulada. La forma en que se halló el cadáver del marido sugería una súplica terrible: el anciano había intentado proteger a su mujer, y "El Brujo" respondió con una crueldad despiadada.
Poco después, agrediría sexualmente a otra vecina.

La persecución terminó el 19 de febrero. Una familia encontró su casa forzada y dio el aviso. Cuando la Guardia Civil detectó a Dámaso, se produjo un intercambio de disparos. Atormentado o desesperado, "El Brujo" intentó suicidarse: colocó el cañón de la escopeta bajo su barbilla y accionó el gatillo con el dedo de un pie. Pero la longitud del arma evitó que se reventara la cara.
Un último intercambio de disparos acabó con su vida.


El Eterno Resonar del Pánico

Hoy, sin embargo, el terror no se limita solo a la historia de un criminal. De forma paralela, la Casa Fuset es un epicentro de actividad paranormal que ha ganado su apodo de "Casa del Pánico" por derecho propio. Se cree que en este lugar se cometieron asesinatos durante la dictadura, y el aire parece haber retenido esa agonía como una esponja retiene el agua.

Quienes se atreven a pisar sus ruinas reportan fenómenos que hielan la sangre. El más característico, el que le da uno de sus nombres más terribles, es el de las detonaciones. Disparos de arma corta que surgen de la nada. No son ecos. No son cazadores. Es la propia casa, o lo que la habita, la que recrea una y otra vez el sonido de la violencia. Son los fantasmas acústicos de los crímenes que la bautizaron como la "Casa de los Disparos".

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Pero hay más. Pasos. Pesados, lentos, que recorren los pasillos desmoronados cuando no hay nadie. Presencias invisibles que se desplazan de una habitación a otra, como si los antiguos dueños, o los espíritus de las víctimas, se negaran a marcharse.
Apariciones fugaces, sombras que se disuelven antes de que la mente pueda procesarlas. Visiones que alimentan la creencia de que la tierra y la piedra de Casa Fuset están irrevocablemente manchadas por el crimen y el dolor.

La Casa Fuset no es solo una ruina en el monte. Es un mausoleo de historias terribles. Un lugar donde el eco de los disparos y los pasos de un monstruo se mezclan con los lamentos del más allá. La leyenda de Dámaso y el misterio de los disparos sin fuente han convertido esta mansión en un portal hacia lo inexplicable.

Si alguna vez te pierdes en la frondosidad de Anaga, si la niebla te empuja, quizá te topes con sus muros. No entres. Aléjate. Porque allí, el pánico tiene su propio domicilio. Y una vez que cruzas el umbral, no hay garantía de que puedas salir con tu cordura intacta.

Y la sombra de Dámaso, "El Brujo", el hombre que se escondió en sus alrededores para sembrar el terror, quizá sepa que has estado husmeando en su guarida. Y no le gustan los intrusos. Nunca le gustaron.