LA MANSION BALLECHIN:

En Perthshire, Escocia.

Mansión Ballechin
El condado de Perthshire, en el corazón de Escocia, es un lugar de colinas suaves y bosques profundos, de ríos que serpentean entre valles y castillos que asoman entre los árboles. En medio de este paisaje de postal, se alzó durante más de un siglo una mansión que guardaba un secreto más oscuro que cualquier bosque. Se llamaba Ballechin. Una casa construida en 1806 sobre los cimientos de una antigua casa señorial que había pertenecido a la familia Stuart durante más de tres siglos. En esa nueva mansión nació Robert Stuart, el mismo año de su construcción. Y con él, nació también una leyenda de terror que atraería a investigadores de todo el mundo, que inspiraría novelas y artículos, y que aún hoy, más de cien años después de que la casa fuera demolida, sigue siendo uno de los casos más inquietantes de la parapsicología escocesa.

Para entender lo que ocurrió en Ballechin, hay que olvidar el mundo civilizado. Hay que imaginar la mansión en su esplendor, con sus habitaciones llenas de muebles oscuros, sus pasillos alfombrados, sus chimeneas humeantes. Y hay que imaginar a Robert Stuart, el dueño de todo aquello.

El Mayor Excéntrico

Robert Stuart era un hombre peculiar. A los 19 años, en 1825, viajó a la India en busca de fortuna con la Compañía de las Indias Orientales. Regresó en 1850, después de alcanzar el rango de mayor, y se instaló en Ballechin, que había heredado dieciséis años atrás. La población local lo consideraba excéntrico. Sobre todo por los catorce perros con los que vivía como única compañía. Catorce perros que eran su familia, sus amigos, sus confidentes.

Aunque era profundamente religioso, después de veinticinco años de servicio en la India había añadido varias creencias orientales a sus convicciones. Una de ellas era la transmigración del alma. La idea de que el alma podía pasar de un cuerpo a otro después de la muerte. Y Robert estaba convencido de que cuando él muriera, volvería a Ballechin. En el cuerpo de su perro de aguas negro favorito.

Robert Stuart
La única persona con quien trataba era Sarah, su ama de llaves. Una mujer joven, de la que quizá algo más que amistad le unía. Las malas lenguas aseguraban que Sarah había muerto en la cama del mayor, en vez de en las habitaciones del servicio. No se sabe si es cierto. Pero lo que sí se sabe es que Sarah murió misteriosamente en 1873, a la edad de veintisiete años. Joven. Demasiado joven. Y su muerte, como tantas cosas en Ballechin, quedó envuelta en sombras.

Precisamente sería ese dormitorio principal, el del mayor, el que tendría más actividad paranormal de toda la casa.

La Promesa del Mayor

El mayor Stuart murió en 1874, apenas un año después de Sarah. Fue enterrado en el cementerio de Logierait, en una tumba junto a ella. Como si en la muerte quisiera estar cerca de quien había sido su compañera en vida.

Su sobrino, John Stuart, se hizo cargo de la mansión. Y lo primero que hizo fue deshacerse de todos los perros. Empezando por el perro de aguas negro, el favorito del mayor. Casi con toda seguridad, lo hizo para evitar que su tío cumpliera su promesa. Para que su alma no pudiera volver en el cuerpo de aquel animal.

John Stuart era un devoto católico romano. Su primera tarea fue convertir la casa en un retiro para monjas. De hecho, su tía Isabel, hermana de Robert, se había convertido en monja, tomando el nombre de la hermana Helen Frances. Murió en un convento el 23 de febrero de 1880. Y según quienes creen en lo sobrenatural, se convirtió en una asidua visitante de Ballechin después de su muerte.

Los Primeros Signos

El primer signo inquietante se produjo poco después de la muerte de Robert Stuart. La esposa de John Stuart estaba ocupada en el viejo estudio, cuando se dio cuenta de un fuerte olor a perro que impregnaba la habitación. No había ningún animal en la estancia, pero ella lo describió como si un perro invisible se frotara contra sus piernas. Mientras abría la ventana para airear el mal olor, sintió un golpecito en la pierna. Como si algo, alguien, quisiera llamar su atención.

Este suceso fue seguido, unos días después, por sonidos de golpes y también el característico estampido de un arma de fuego disparándose. Un sacerdote jesuita, el padre Hayden, que a menudo se quedaba en Ballechin, escuchó esos sonidos en muchas ocasiones. También gritos. En una ocasión, pudo oír cómo un perro daba golpes en la puerta de su dormitorio. Cuando abrió para investigar, no había nada. Pero los golpes continuaron.

El Presagio de la Muerte

En enero de 1895, John Stuart estaba en el estudio hablando con su agente de negocios inmobiliarios. De repente, fueron perturbados por tres sonidos fuertes y un ruido sordo que se escucharon desde el interior de la habitación. No había nadie más. Las ventanas estaban cerradas. El silencio era absoluto. Pero los golpes sonaron, nítidos, inconfundibles.

John debió de pensar que era un presagio. Porque poco tiempo después, murió en Londres tras ser atropellado por un taxi.

La Familia que Huyó

En 1896, la casa fue arrendada a una familia por un período de un año. Era un capitán del Ejército, un hombre pragmático, sin interés alguno en lo sobrenatural. La familia apenas duró once semanas antes de ser expulsados. Perdieron más de nueve meses de alquiler, pero prefirieron perder el dinero antes que seguir soportando lo que allí ocurría.

Varios miembros de la familia vieron un fantasma. Vestido con un traje de seda, que se deslizaba por los pasillos. Escucharon el sonido de la tela rozando las paredes. Las ropas de cama eran arrancadas de las camas. Toda la familia se despertaba varias veces por noche, asustada por ruidos y fuertes golpes.

Una de las hijas se asustó especialmente una noche. Oyó el sonido de pasos cojeando alrededor de su cama. Pasos que iban y venían, que se acercaban y se alejaban. La muchacha estaba ocupando la habitación en la que había muerto la joven ama de llaves tan misteriosamente en 1873. Y es interesante apuntar que el mayor Stuart había regresado de la India con una lesión permanente en la pierna. Cojeaba. Como los pasos que la muchacha escuchó.

La Investigación del Marqués de Bute

Marqués de Bute y Goodrich Speer
En 1896, el marqués de Bute, un gran estudioso de los fenómenos psíquicos y diputado de la Cámara de los Representantes, alquiló Ballechin. No para vivir, sino para investigar.
Pidió a dos investigadores psíquicos, el coronel Taylor Lemesurier y la señorita Ada Goodrich Speer, que llevaran a cabo un estudio exhaustivo.

La pareja se mudó a Ballechin el 3 de febrero de 1897, con un grupo total de treinta y cinco personas. Treinta y cinco testigos. Treinta y cinco personas que podían confirmar lo que ocurriera.

En la primera mañana, se informó de un fuerte sonido metálico que fue escuchado por toda la casa a intervalos frecuentes durante un período de dos horas. También el sonido sordo de una voz, y el sonido de alguien caminando en una habitación cerrada y vacía. Se registró el sonido de algo que se arrastraba por el suelo, y el sonido de un arma que se disparó.

A la mañana siguiente, varios miembros del grupo informaron de que también habían oído el sonido de un sacerdote durante la realización de un servicio. Como si una misa fantasma se estuviera celebrando en alguna parte de la casa.

La Monja en el Arroyo Congelado

Durante el período de investigación, dos figuras fantasmales fueron vistas en un arroyo congelado cerca de la casa. Una era una monja. Estaba de rodillas y parecía estar llorando. La otra figura era masculina, y parecía darle consuelo.

La monja llorando, se cree, podría ser Isabel, la hermana de Robert Stuart, la que se había convertido en monja y había muerto en 1880. Su espíritu, atrapado entre la vida y la muerte, seguía visitando Ballechin. Buscando quizá la paz que nunca encontró.

Durante una sesión de espiritismo, una persona que se identificó como "Isabel" vino a través de la médium. Les pidió que fueran al arroyo congelado donde se habían visto las figuras. Cuando llegaron, vieron de nuevo a la monja. Vestía un hábito negro que contrastaba con el fondo blanco de la nieve. Subió lentamente por una cañada, hasta que desapareció debajo de un árbol.

La misma monja iba a ser vista muchas veces más por el grupo antes de que terminaran sus investigaciones. Como si ella fuera la presencia dominante de Ballechin. Como si su dolor fuera más fuerte que el de cualquier otro.

El Fin de Ballechin

En 1932, la casa estaba totalmente inhabitable. Permaneció vacía durante décadas, hasta que en 1963 fue finalmente demolida, después de un incendio. Las piedras se dispersaron, los muros cayeron, la hierba creció sobre los cimientos. Hoy, apenas queda nada de Ballechin. Solo un montículo cubierto de vegetación, y la memoria de los que vivieron allí.

El caso de Ballechin se convirtió en uno de los más famosos de la parapsicología victoriana. Se publicaron artículos, se escribieron libros, se debatió en sociedades científicas. Muchos creyeron que era un fraude. Muchos creyeron que era real. La verdad, como casi siempre, se perdió con la casa.

Pero los testigos, los treinta y cinco que participaron en la investigación del marqués de Bute, fueron unánimes: algo ocurrió en Ballechin. Algo que no tenía explicación racional.

Hoy, Ballechin ya no existe. Pero las leyendas, esas, nunca mueren. Y si alguna vez paseas por Perthshire, si te acercas al lugar donde se alzaba la mansión, quizá puedas oír algo. Un golpe. Un disparo. El llanto de una monja. 
No tengas miedo. Solo son los muertos, como un recuerdo que no se va.